Portada > Intercambios de Practicas > Contribuciones libres > ¿ Qué política de formación para la red internacional de trabajadores de calle ?
1. Principios
Una política de formación conlleva siempre una formación de política.
Con esta fórmula, nos proponemos sacar todas las consecuencias de un hecho comprobado, a saber que en las actuales economías el capital cultural ocupa un lugar esencial. Lo mismo sucede con todo lo tocante a la construcción de dicho capital; la formación y el trabajo de calle están concernidos, así como la relación entre ambas actividades.
Y así, la capacidad de hacer patente todo lo que una sociedad no igualitaria tiende a esconder tiene que ver con la formación de las políticas; en cambio, la manera en que se da cuenta de estas realidades depende de la política de formación que se implementa.
La reciprocidad entre la formación y la política opera en varios niveles, y entre otros el muy desigual nivel de la legitimidad de la toma de palabra.
Ésta se construye a menudo sobre una forma del contenido, cuyas expresiones mayoritarias resultan particularmente inadaptadas al trabajo de calle (mentalidad tecnocrática, lógica programática que delata la trilogía objetivos/medios/resultados).
Finalmente, una tendencia a la asimilación (de los productores de capital cultural, de las formas del saber) dificulta la elaboración de una política de formación adaptada a los desafíos de la realidad en cuestión, forzada casi siempre a “moldearse” a unos modelos cercanos pero opuestos.
2. El objetivo central
Se trata para nosotros del reconocimiento del “capital profesional” (capital façonnier) propio de los colectivos de trabajadores. Llamamos “capital profesional” (en oposición a “capital territorial” y “capital financiero”, en el marco de esta reflexión) a:
Ambos aspectos afirman la propiedad de los colectivos en cuanto a la creación de sus recursos naturales y, por lo mismo, ponen de realce la contribución de dichos colectivos a la producción de la sociedad. Y en particular, su contribución a la construcción de todo lo necesario para que pueda darse una producción: conocimientos, creatividad, lazos sociales como la confianza, la reciprocidad, la propia conciencia del colectivo.
En ese sentido, merecen especial cuidado los colectivos que se presentan en forma de red, pues se enfrentan a una dificultad particular, a saber, la dialéctica entre la pertenencia a un grupo y lo singular. Dicha dificultad puede llevar la red a un “aplanamiento” excesivo de algunas realidades específicas.
3. Consecuencias en términos de formación profesional
De entrada, se ve que una política de formación es capaz de privar a un gremio de su capital profesional como también puede ayudarlo a desarrollarlo, no sólo de manera autónoma, sino además, como se ha visto, vinculando su producción a la de la sociedad en su totalidad.
Y así, una formación en alguna labor social como el trabajo de calle deberá:
Por otro lado, afirmamos que cualquier política de formación en trabajo social, por el hecho de tratar de prácticas entre otras asociativas, debe respetar el principio de homología relativa que es el meollo de dichas prácticas.
En efecto, sería verdaderamente absurdo que las prácticas de formación desplegadas resultaran incongruentes con las prácticas sociales de que tratan, en particular con respecto al tipo de interacciones sociales movilizadas (cooperación, reciprocidad, respeto de la diversidad) y a los valores movilizados (por ejemplo la autonomía crítica).
4. Política de formación y “actor red”
En concreto, una política de formación internacional en trabajo de calle fundamentada en los anteriores análisis podría basarse en cuatro pilares.
a) Un pilar “certificativo”
La implementación de una formación específica y reconocida, que lleve a un título homologado es desde luego un objetivo central; dadas las condiciones de los sistemas educativos actuales, parece difícil trascender las lógicas nacionales. El objetivo podría ser relacionar varios centros de certificación, para facilitar el cotejo de programas y procesos. Se podría diseñar una política proactiva de movilidad para los estudiantes.
b) Un pilar “investigación”
No se trata aquí de investigaciones académicas tradicionales, sino de una política de investigación definida por la Red internacional y llevada a cabo en una variedad de países. Tenemos en mente una suerte de Colegio internacional itinerante, que laboraría todo el año en forma de “seminarios” siguiendo la lógica de Michel de Certeau, para estudiar les “artes de hacer” propias de una realidad local y su articulación con los imperativos de desarrollo y las relaciones propias del ámbito cultural, social, económico y político del caso.
c) Un pilar “formación continua de ejecutivos”
La transmisión constituye un objetivo mayor para cualquier red dotada de una política de formación internacional. Por tanto, se contempla un plan de estudios destinado a los ejecutivos y animadores de la red con un sistema de “universidad abierta”. Se podrían diseñar unos programas modulares, impartidos por asociaciones cuya especialización en la materia estaría reconocida. Buena parte de los módulos se impartirían “a distancia”. El plan de estudios y las atribuciones de los módulos quedarían a cargo del grupo piloto de la red.
d) Un pilar “encuentros”
Finalmente, pensamos que la Red internacional debería seleccionar lugares y temas para realizar cursillos especializados destinados a sus miembros, en relación con los tres pilares anteriores.
Dichos pilares deberían definirse tomando en cuenta que la lucha por la existencia (de una política de formación, sus protagonistas, sus valores) es muchas veces una lucha con y en contra de lo existente. Convendría realizar un análisis contrastado (de acuerdo a los diferentes escenarios) de las relaciones de semejanza, oposición y concatenación con respecto a las prácticas y protagonistas actuales.
Jean Blairon
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